Los golpes más o menos accidentales suelen ser norma en cualquier infancia. En las primeras horas que registra mi memoria, tal vez a días del estreno del así llamado uso de razón, encuentro los dos grandes golpes fundacionales. El primero es frontal, contra la trompa de un Rastrojero Diesel que me desparrama inconsciente sobre las piedras romas de la calle Camargo.
El segundo es tangencial: el golpe militar contra el gobierno de Biondi, el golpe que me deja expósito.
El mismo día que los tanques aterrizan sobre la Plaza nuestros padres huyen hacia el oriente, vía Carmelo.
La imagen que reproducimos aquí es más elocuente que cualquier crónica: las embajadas, puestas al socaire de las balas, dándose empellones unas a otras -sirenas desesperadas y flotantes- como arrancadas de cuajo por el Zonda.
Si no hubiera sido por la caída del régimen tarde o temprano nos habrían convertido a su fe. Pero se fueron. De un día para el otro.
Sólo quedó el clamor chismoso de los porteros, el torto-virola del quiosco de la esquina traficando Mediahoras (bolitas negras de regaliz), el búmeran sonoro del afilador y los moscas, moscas comemierda espiando cada rincón de nuestras intimidades, los moscas, invisibles, en grupos de tarea.





